Hace algún tiempo, reflexionando acerca del valor del narcisismo para el desarrollo normal, pensaba que éste puede constituir una de las fuentes impulso¬ras de la vida y como tal, sustento de la posibilidad de creación y desarrollo tanto individual como colectivo. Pensaba que el progreso de una generaci6n sobre la que le antecede puede reposar, en gran medida en la energía vital que el narcisis¬mo imprime desde el interior de las personas. La autosuficiencia ingenua del infante determina -a mi entender- un clivage entre hijos y padres y más allá de la repetición y los procesos de identificación, creo que en el desarrollo normal, la parcial sordera con la que un niño nos escucha, expresión de su mágica omni¬potencia y grandiosidad, imprime a la larga en la persona un especial impulso a sus fuerzas promovedoras de cambio y creación. Sin embargo este tránsito, por lo demás inherente a la condición humana, no siempre está exento de pugnaci¬dad yen ocasiones de dramatismo.
Sigrnund Freud, refiriéndose al impacto casi estético que tiene el narcisismo a los ojos de los demás dice: “El atractivo de los niños reposa en gran parte en su narcisismo, en su actitud de satisfacción a sí mismos y de su inaccesibilidad, lo mismo que el de ciertos animales que parecen no ocuparse de nosotros en absoluto, por ejemplo “los gatos y las grandes fieras”‘
Es justamente con relación a estos últimos que quisiera compartir las impre¬siones que me causaron las imágenes de un documental hace tiempo sobre la conducta caníbal en el reino animal. El documental describía con imágenes diferentes episodios de conducta caníbal entre insectos y mamíferos, impresionán¬dome de manera especial las imágenes acerca de esta conducta referida a leones.
Lo que me resultó más impactante del documento fílmico fue la conducta caníbal entre los leones ya que dicho episodio está inscrito en la lucha de genera-

ciones entre dos leones machos que se disputan la hegemonía sobre la manada de hembras. Esta es para mí una historia que conocía por primera vez y me resultó insoslayable el efecto sugerente que las imágenes tenían sobre mí.
La vida de una manada de leones transcurre marcada por la hegemonía y la protección que un león macho ejerce sobre un grupo de hembras y cachorros. Las imágenes me producían una impresión coincidente con la que Freud descri, be. La magnificencia con la que un león se expone en su territorio es indudable¬mente la fuente de la admiración y hasta idealización que nos impone su estam¬pa. El rey león, conjunción de belleza, suficiencia, fiereza, impone a la vista una imagen con -diríamos- pretensiones de eternidad.
Sin embargo, en innumerables ocasiones deberá de defender su hegemonía de la intención de jóvenes leones de disputar su privilegiado lugar. Tendrá éxito, pero con el correr del tiempo y por las innumerables heridas que le han sido infringidas en combate, un buen día decidirá alejarse de la manada para vivir el resto de sus días en soledad, casi en destierro, resultando un misterio el saber si se exilia sintiéndose derrotado, cansado u orgulloso.., un macho joven y vigoroso se acerca a la manada que ha quedado desguarnecida… las hembras asustadas se refugian en la se maleza llevando consigo a sus crías, hijos del viejo, a las que tratan que de esconder lo mejor que pueden.. el león pretendiente se acerca con pasmosa tranquilidad y confiado en su poderoso olfato ubica uno a uno a todos los cachorros a los cuales mata de un certero y abúlico zarpazo, sin mayor esfuerzo, y lo más significativo, sin estar impulsado por el hambre, procede a devorarlos.
La investigadora especula que este acto caniba 1 constituye una garantía para el león pretendiente de que van a ser sólo sus genes los que van a ser cuidados en la nueva manada..
El joven león se retira a un cercano manantial mientras las hembras buscan inútilmente a sus sacrificados cachorros,„ al poco tiempo las mismas hembras en celo se acercan a seducirlo, acto en el cual una nueva manada queda nuevamente constituida bajo la hegemonía del joven y potente macho.
Resulta insoslayable recordar “Tótem y Tabú”, texto en el cual Freud trató de dar explicaciones de aquello que permite vivir en civilización de aquello que ordena el intercambio entre las generaciones y posibilita la convivencia humana en el orden que da una ley compartida pero sustentada en la amenaza del castigo y en el sentimiento de culpa. El mito de la Horda Primitiva, en el cual también hay un acto caníbal que dará origen al súper-yo, es explicado por Freud por la ambiva¬lencia, la cual da por sentada como rasgo ‘perse’ de la naturaleza humana. Sin embargo, creo que el amor y el odio, como fuerzas vivas inscritas en un universo simbólico, tienen que ser entendidos dentro de un contexto que le de significado en una trama relacional inscrita en la temporalidad y en la intersubjetividad.
Estoy seguro que mi relato no tiene el mismo poder que las imágenes. Hay vivencias que resultan incomunicables por medio de las palabras y eso lo sabe-

mos bien aquellos que estamos en labor analítica, Soy concierne de mi subjetivi¬dad y que lo que digo y voy a decir sobre este documento fílmico está teñido de antropomorfismo. Me impresionó este ritual a través del cual se da solución a un problema generacional. Creo que las imágenes captan un suceso fuera de toda temporalidad y bien podría haber ocurrido hace diez días, diez años o diez siglos. Las imágenes nos narran un frío ritual donde el instinto es representado al margen de toda consciencia. No sé si el león desea, no sé si el león sabe que existe, no sé si sabe que al aparearse está creando.
El reino animal es a-histórico y a-cultural… el instinto es ciego, sólo se repite a sí mismo, no busca ningún nirvana. En el ser humano el instinto devenido en pulsión gracias a la desrregulaci6n de las energías psico-biológicas, sólo tiene sentido en una existencia que los asume y entreteje en una vida con consciencia de sí, de su historia, de su tradición y de su porvenir. Permítaseme una digresión: el porvenir sólo será una ilusión si anhelamos paraísos; el ser humano, de esencia natural y social en forma simultánea, siempre podrá tener la ilusión de ir devi¬niendo en persona… el eslabón perdido somos nosotros mismos… el habernos pensado como el último peldaño de la creación no es más que un mito y un auto consuelo para hacer más soportable nuestra radical soledad y vulnerabilidad. Todo aquello que tenga pretensión de perpetuidad, de cosa lograda, no es más que un gambito de nuestro narcisismo.
Dentro de la teoría psicoanalítica resulta imposible encontrar una defini-ción única del concepto de Narcisismo, Desde un punto de vista teórico implica fundamentalmente un “concepto que trata dar cuenta de los procesos intrapsí-quicos implicados en la conformación del ‘Self y de las particularidades con que este se relaciona con el mundo externo. Para mí tiene desde el punto de vista del desarrollo, una función primordial como fenómeno protector del infante en desarrollo. Se me antoja ilustrarlo coma una membrana protectora, como un cascarón, un segundo útero dentro del cual se va gestando. Su particularidad reside en que este cascarón es al mismo tiempo un escudo protector, alimento del ser en gestación.
Imagino un ave que en determinado momento de su desarrollo empieza a engullir el cascarón que lo envuelve. Pienso que el narcisismo como cascarón pasa a ser asimilado como núcleo, el mismo que va a ofrecer la energía y vitalidad necesaria para el vivir. He usado esta metáfora del polluelo para tratar de graficar lo que muchos psicoanalistas han descrito como el complejo proceso psíquico a través del cual se forma el ideal del Yo como estructura intrapsíquica. Pienso que este proceso mediante el cual el narcisismo es auto engullido por la persona emergente puede quedar trabado y distorsionado por múltiples circuns¬tancias, quedando transformado de cáscara en máscara.
Tengo la sensación que son estas ideas las que están en mi cabeza cuando proceso las impresiones que el documental me ha producido, Los personajes protagonistas de la historia contada no son conscientes de las implicancias de su

repetitiva y programada conducta. Es destacable cómo la pugna animal entre las generaciones tiene un carácter excluyente; no es posible que el macho viejo conviva con el joven pretendiente; uno de los dos tiene que morir y por tanto en esa lucha están en juego impulsos parricidas y filicidas.
Los leones no tienen esa plasticidad que sí tiene el ser humano para terminar nuestras vidas siendo padres de nuestros padres e hijos de nuestros hijos. La pugna va a terminar siempre en un asesinato y en la sucesión, nada del viejo león debe de quedar como su herencia nada deberá recordar de su existencia la nueva manada, cuya organización se repite y al mismo tiempo no se repite porque emerge en el acto de seducción y sucesiva cópula corno una nueva familia que no deja rastros de lo que le antecedió.
Definitivamente el hecho que patentiza esto de manera indubitable está constituido por el asesinato y ulterior canibalismo con que actúa el león preten¬diente. Acto antihistórico porque no se ingiere para enriquecerse sino para no dejar vestigio ni huella de su antecesor. No creo que esté león tenga algún temor de que los hijos venguen a su padre, es sólo un acto de posesión, de poder instinti¬vo. No creo que este león sea capaz de siquiera sentir un arrogante orgullo frente a las hembras para someterlas. Es sólo la repetición de un guión instintivo ajeno a toda consciencia para garantizar la sobrevivencia de la especie. En una pauta que nadie se toma la molestia de enseñar ni al viejo ni al joven león, sólo se trata de una pauta que alguna vez trajo un beneficio adaptativo a la especie y por eso se fijó coma memoria genética, la misma que programa la conducta de manera insosla¬yable e inmodificable y que esos bellos personajes actúan sin saber lo que hacen.
Los cachorros se me antojan como símbolo del saber, del conocimiento, de lo creado por efecto de la conjunción de dos deseos; de nada de eso se nutre el nuevo soberano, solo se limita a destruirlo, seguro porque no sabe que cada uno de ellos son dos. En este drama las leonas simbolizan la fecundidad, lo más intrínsecamente femenino, pero ellas no lo saben porque también están someti¬das a lo natural, a la falta de trascendencia, por eso ellas, porque no saben que son ellas, dejan que su instinto elija a su varón. Por esta razón este drama es siempre idéntico a si mismo. Las imágenes son frías, no saben de la envidia y mucho menos de la gratitud. Ni siquiera el león viejo tiene vida, simplemente se aleja para permitir que el instinto se repita. Estos bellos personajes son actores ciegos de un drama sin trascendencia y sin inscripción en la temporalidad. Si el tiempo es una dimensión de lo real, pienso que su existencia seria banal e intrascendente sino viene asociada a lo que tiene consciencia de si.
Estos personajes inaccesibles, autosuficientes, que no se ocupan de nadie en absoluto, como decía Freud, están representando -se me ocurre decirlo así- un
Narcisismo Congelante, una de las variantes del devenir del narcisismo original. Es un Narcisismo congelante por aborrecer de toda inscripción en la temporali¬dad, por ignorar toda alteridad, por ser excluyente, por ser instintivo; es conge¬lante porque se come sin hambre, no tiene plasticidad ni reversibilidad en los

roles porque no hay aprendizaje. El Narcisismo Congelante es el narcisismo como mascarada,
A diferencia de este drama cenado, siempre igual, creo que la dimensión’ humana se inscribe en una dimensi6n temporal abierta al infinito o hasta que un asteroide nos destruya. Existen narcisismos que no cristalizan la experiencia y existen canibalismos capaces de crear historia y tradición, canibalismos donde lo que se ingiere es porque se tiene hambre, y no como en ese arrogante triunfador que come estando saciado, donde el hambre, símbolo por excelencia de la necesidad insatisfecha, está presente, donde no se coma por comer, sino donde se busque ser alimentado, nutrido, enriquecido. Aquello que se come amplia el propio ser del que se come y sólo se garantiza el gozo de experimentar un creci¬miento interior. El canibalismo no paralizante, distinto y anterior en el tiempo psíquico al que Freud describió en Tótem y Tabú, parte de reconocer que existió un seno original en el que nuestra hambre se sació y que la tierra fértil de lo femenino es también portadora del alimento que permite crecer, La tierra fértil, el cascarón, es alimento; el narcisismo es y se da siempre en relación con la madre. No hay narcisismo primario en el sentido que Freud lo planteó, A mi entender, el Narcisismo primario remite a un amor objetal primario en el sentido que Michel Balint2 le da al concepto. ¿A quién pertenece el agua que se encuentra en las agallas de un pez? ¿Al océano? ¿ al pez ?.
Si se come para no crecer, estamos en la esfera de lo intemporal; la mente de un niño y la del Ello prescinden de dicha dimensión, no la conocen y si esto se perpetúa la estructura resultante funcionará siempre en el lindero del principio y del fin y todos sus deseos, impulsos y demandas se tramitarán en ese estrecho desfiladero, No hay un mañana ni un ayer. Si se come para exhibir nuestro poder estamos en el terreno de lo instintivo, de lo monótonamente repetido; estamos en el terreno del Narcisismo Congelante, de la belleza estática, de la sobriedad arrogante, de la juventud vieja, de la potencia que sólo creará seres que se encar¬garán, sin saberlo, de hacernos lo mismo. Estamos siempre a un paso de la desesperación y de la intolerancia.
La posibilidad de que no se altere ni trastoque el curso natural del Narcisismo depende fundamentalmente de que la simbiosis original no se vea perturbada por factores internos y/o externos que entrampen al iself en gesta-ción en un estado que en otros ensayos he descrito como Desolación. Esto implica una vivencia de radical desconexión que destruye de manera abrupta y precoz la vivencia de “Sentimiento Oceánico” (Sigmund Freud), la misma que es algo así como la amalgama que sostiene el “Encaje Comunicativo” (M. Mhaler) y la ilusión (D. Winnicott) entre el bebe y su madre. La Desolación es la expresión intrapsiquica, el correlato mental, de lo que Freud describió como Experiencia

de Desamparo. El bebe en desarrollo se tiene que defender perpetuando la simbiosis y abortando un proceso que naturalmente implica un cambio estructu¬ral en la naturaleza humana de la misma relevancia que la producida por el Complejo de Edipo.
La perpetuación de la omnipotencia congela el devenir e imprime al deseo una coartada que lo entrampa en la fantasía grandiosa de un estado de perma¬nente gratificación, anulando todo espacio y todo tiempo entre el momento que el deseo surge y el momento de su realización. En la omnipotencia no se desea porque lo deseado-ya-se-tiene.
Por el contrario, en el deseo humanizado, y como lo explicó hace mucho Sigmund Freud, el deseo es siempre el reencuentro con un objeto y por ende se imbrica en una dialéctica que involucra un sujeto que espera encontrar en un futuro lo pretérito. Esto es posible porque se ha creado un mundo interior claramente delimitado del mundo exterior pero ambos en permanente inter-cambio. En este interjuego el sujeto crea y recrea, produCe y reproduce plasmán¬dose de este modo, un paradójico sincretismo entre originalidad y tradición. Sería ocioso refrescar la memoria de todas aquellas cosas que podríamos decir, escuchar y actuar que parten de nuestro Narcisismo Congelante expresadas tanto desde el filicidio como del parricidio. Más que ocioso creo que hasta podría resultar de mal gusto. Este narcisismo es parte de nuestra vida, parte de nuestra propia naturaleza. Sin embargo, creo que lo que nos permite existir en ese estado de estar siempre deviniendo en personas, es ese impulso caníbal justificado desde el hambre y que se inscribe en algo que podríamos llamar Narcisismo Integrativo, donde la existencia del otro es consustancial a su condi¬ción y en el cual el acto de incorporar nos permite ser seres con historia y cultura, con tradición y creación. La creación humana no es posible sin tradición, la incorporación humanizada es la que crea gratitud y reconocimiento. No estoy muy seguro que la gratitud tenga sólo una fuente en la destructividad y en la envidia. ¿No será más bien que la reparación es posible porque previamente hay gratitud y reconocimiento? No es posible reparar un daño sin previamente experimentar la sensación de que vale la pena hacerlo y esto es posible porque se tuvo la experiencia de haber sido nutridos cuando se tuvo hambre y que eso que nos sació fue parte nuestra. Es el cascarón incorporado y que al desaparecer permite que emerja una persona. Esto es para mí el sustento primario de la gratitud y la fuente de un Narcisismo Integrativo, el mismo que ubica a la perso¬na en un puente que aleja el hoy del mañana, porque la persona misma quedó descentrada en su interior, siendo ahora capaz de mirarse y de mirar al que mira, condición imprescindible para que la persona pueda permitirse el darse el respiro necesario de la espera y la postergación. Los cementerios son sólo patrimonio de los hombres y no de los animales y como tal es no sólo un punto de llegada sino paradójicamente, un punto de partida también, no sólo porque fuimos nada, sino porque de nuestros muertos hemos nacido. El Narcisismo

Integrativo, como estructura intrapsíquica y en su dimensión vincular, porta la idea de que sin el otro no somos nada, que tenemos un origen y un porvenir en el cual podemos desear porque nuestra existencia fue deseada por dos como un ejercicio de libre creación.
El descentramiento del sujeto por la creación en su interior de un Ideal del Yo adecuadamente estructurado, garantiza que nuestra primaria tendencia de ser
dioses mute hacia la posibilidad de construir ideales que puedan ser compartidos e intercambiados y por ende neutraliza la fuerza de la intolerancia, la frialdad de la arrogancia y la prepotencia de la tiranía.
Toda esta reflexión me retrotrae inevitablemente al drama de Edipo. Mientras describo esta pugna generacional en el reino animal, resuena en mi
mente aquel pasaje, dejado por Sófocles para que nuestra imaginación la constru-
ya, en el que Edipo se encuentra con Layo en una encrucijada de caminos donde sólo uno de los dos podrá continuar su viaje. Es un momento de inmovilidad que
se resuelve por medios violentos y donde sólo existe la posibilidad de excluir
radicalmente a uno de los dos. En realidad es el encuentro de dos personas que se desconocen en el íntimo significado que cada uno tiene para el otro… Ese desco-
nocimiento los vuelve iguales… son dos iguales en el desfiladero de la vida y/o la
muerte, son dos iguales con destinos opuestos, son dos iguales que desconocen la pausa y la espera. La pugna entre padre e hijo en el drama de Edipo se resuelve en
forma antitética del que Freud describió como solución en el mito de la Horda
Primitiva; en este último sí había algo que incorporar porque los vínculos entre los personajes incluyen el reconocimiento de la alteridad en la temporalidad, es
decir viven en el espacio de la ambivalencia, en el espacio donde el canibalismo crea y posibilita la cultura. Edipo y Layo son como dos magníficos felinos que sólo muerte se pueden ofrecer. El uno no significa nada para el otro. Es un homicidio que no tiene ninguna implicancia ni deja responsabilidad alguna.
Esta solución del drama Edípico que pertenece al reino de lo instintivo y del Narcisismo Congelante, despertó en mí curiosidad de entenderla. El tránsito
generacional y sus soluciones patológicas hay que entenderlas desde la filiación y la genealogía. ¿Quiénes somos y de dónde venimos¿ Esa es la clave de la construc¬ción de nuestra subjetividad. En esta línea, me resulta útil repensar el drama de Edipo desde un vértice que ponga en primer plano los componentes narcisistas que definen a los personajes y el escenario donde se desenvuelven.
Psicoanalistas como Haydee Frairnberg3 y Jhon Steiner4 han desarrollado interesantes hipótesis en relación a la existencia de mecanismos primitivos de naturaleza psicótica, con los que Edipo tramita su relación con el mundo externo

e interno, así como la presencia de una conflictiva esencialmente narcisista que se resuelve dentro de los parámetros que éste impone. Sus hipótesis planteadas desde una psicopatología psicoanalítica actual nos permiten plantear la parado¬ja de que Edipo representa esencialmente a Narciso.
J. Esteiner especula con sugerentes argumentos que tanto el padre de la horda primitiva y Layo representan al ‘Padre narcisista y que Edipo porta como identidad el destino que el oráculo le traza. El oráculo traza un destino que despierta una pregunta a la que Edipo tratará de responder no se si con arrogan¬cia como plantea W. Bion o con heroísmo como lo expresa E Nietsche. La pregunta que se desprende del designio oracular tiene que ver no tanto con algo que va a ocurrir en el futuro corno algo que tiene que ver con su origen.
Edipo se cuestiona ¿Quién soy? Y ¿de donde vengo?; son preguntas que no tienen nada que ver con la potencia ni con el deseo por la mujer, sino con el núcleo mismo de la identidad de una persona. Sin embargo la pregunta que se intenta resolver se plantea dentro de la órbita del narcisismo. Padre filicida, hijo parricida, imágenes parciales tomadas como totales y el escenario de la disputa es un callejón sin salida. 1_2 provocación arrogante del padre provoca una respuesta no menos arrogante de Edipo, quien desconoce la autoridad y se ciega ante la diferencia de años que lo separa del Rey. Según razona J. Esteiner, Edipo “hace de la vista gorda”, y por lo tanto sabe y no sabe, ve y no ve, niega una realidad que sí conoce, niega una verdad que sí sospecha y busca una respuesta de manera heroica y arrogante que en verdad ya conoce. Se saca los ojos como un símbolo de un ataque a sus aparatos mentales que lo confrontan con esa horrorosa verdad; no es sólo un acto que representa el castigo de la castración, es también un camino hacia la locura como expresión de un pensamiento que niega la realidad. Es por ésta razón que Edipo no siente culpa y huye hacia una asociación enloque¬cedora con los dioses donde triunfa omnipotentemente. No hay vestigio de arrepentimiento, menos aún preocupación por el destino trágico de sus padres, ni que pensar de intentos reparatorios sino, y por el contrario una justificación de su homicidio como un acto de autodefensa. El final del drama grafica magistral¬mente una solución maligna, patológica, a una profunda herida narcisista,
Hay dos hechos que éstos autores mencionan pero que -a mi entender- no han sido suficientemente sopesados como para ser comprendidos como mani¬festaciones de una conflictiva esencialmente narcisista. El primero de ellos está referido a la concepción. Edipo, quien en realidad ha vivido como un niño adoptado y por lo tanto en el engaño; consulta al oráculo porque se percata que no se parece físicamente a sus padres. Edipo a la vez que huye de su destino abre una pregunta esencial sobre su origen. En el ser humano esta pregunta es fundamental para la construcción de bases en las que nuestra identidad se asiente de manera segura. Es por esa razón que en la actualidad, por ejemplo, muchos hijos que han sido concebidos gracias a que su madre recurrió a un banco de esperma, no han parado de investigar hasta dar con el paradero y la

identidad de sus donantes padres. Edipo fue un hijo no deseado por su padre; su existencia potencial era temida por Layo ya que su nacimiento era a su vez su condena a muerte. Sin un esposo genitor Yocasta recurre a un acto poco com¬prensible desde la razón para satisfacer sus deseos de maternidad. Embriaga a Layo, lo seduce y sin conciencia de varón participando, queda embarazada.
El hombre usado como semental; la alteridad y sus deseos son desconocidos desde el inicio: madre caprichosa, madre narcisista, madre que no sabe que uno viene de a dos. El no ser deseado es una precondición sustancial de los desorde¬nes narcisistas; el no ser deseado o, lo que es lo mismo, el ser deseado como un otro o solamente como un adjetivo, produce fallas de origen en la constitución de la identidad de un ser humano y lo obliga a construir defensas para sobrevivir de cualquier modo en este mundo: es decir, sin destino propio por que uno mismo en realidad no existe.
El segundo hecho al que hacía alusión esta referido a esta falla original. Edipo significa “pies hinchados”, nombre que remite al cuerpo, nombre que metaforiza su falla esencial. Edipo fue mandado a matar por su aterrado padre y con el conocimiento de su madre, y para lograrlo le atravesaron los tobillos para poder dejarlo colgado de un árbol hasta que muriera. De allí el nombre que su madre adoptiva le pusiera, nombre que hace alusión a una herida y a una defor¬midad, herida que es su identidad y que delata la ausencia de deseo paterno. Herida por la cual drena el terror, el odio, el capricho y la curiosidad.
El padre es filicida no por que lo haya mandado matar, sino por que no lo deseó ni respetó su alteridad, ni su existencia misma. Edipo no lleva el nombre del padre, por que esta dimensión está repudiada tanto desde la ausencia de deseo de Layo como del capricho de Yocasta. La herida de Edipo lo lleva a vivir siguiendo voces ajenas, designios obsesionantes, huidas imaginarias, confronta¬ciones inútiles; es decir, no tiene voz propia ni deseo propio que oriente su existencia.
Cuerpo marcado con una herida narcisista, cuerpo que sangra por los linderos de la identidad, herida que no cicatriza, herida que es la identidad misma, herida curada por la locura, la que calma y bordea los agujeros que los clavos producen, locura que sólo termina en el campo santo, herida física que metaforiza un agujero en el alma. Edipo camina por la vida expulsado, engañado, ciego, indeseado, provocado, culpabilizado, enloquecido. Edipo camina con su destino, que como el instinto en ese arrogante león, se le impone como algo inexorable, camina sin abrir caminos, porque en este drama tampoco hay historia, sólo se cumplen designios de oráculos que son nuestra propia voz escuchada como ajena y a lo lejos, porque enajenados están, alienados y sin conciencia de sí ni de otros. Viven en el mundo de “las cosas en si” (Tomas Ogden), donde no hay posibilidad de mirarse y al.mismo tiempo mirar a otros, es el tiempo de las cosas que nos suceden y no de las cosas sobre las cuales tenemos responsabilidad. Estamos en el ámbito del Narcisismo Congelante, aquel en el

cual la loca fusión de nosotros con nuestro ideal, nos coloca en el mundo sin destino propio, sin deseo humano, que es siempre un reencuentro con un objeto dado por perdido, sin ambivalencia que module nuestros intercambios, sin ley compartida, sin perdón, sin movilidad, sin historia, sin pasión en la alteridad, sin mesura, sin espera, sin tristeza, sin reparación, sin cementerios, sin hambre, sin seno dador, sin gratitud, sin descendencia, sin nosotros mismos porque no fuimos deseados de a dos.
Pienso, para finalizar, que es esta doble posibilidad en que puede devenir nuestro narcisismo original lo que inevitablemente complica la solución que el tránsito de las generaciones nos plantea. Si -como decía al comienzo- los residuos de la suficiencia, omnipotencia y autocomplacencia infantiles, actúan como una fuerza que promueve el desarrollo y el crecimiento individual y colectivo, creo que ahora puedo ampliar esa idea diciendo que esa fuerza tiene dos destinos posibles: uno que la usa para no cambiar nada y otro que la usa para crear tradi¬ción y cultura. En potencia, somos capaces de actuar desde estos dos vértices y quizás en esto resida la complejidad y la riqueza de la experiencia humana. Porque de un lado patentiza la fragilidad de nuestra racionalidad, o mejor aún, la facilidad con que nuestra racionalidad se corrompe y se pone al servicio de la intolerancia y, por otro lado, refleja el dinamismo de la auto superación y la capacidad de plasmar un espiral de crecimiento. Esta historia es tanto una muestra de lo uno como de lo otro y creo que sólo podremos hacer prevalecer nuestro Narcisismo Integrativo si seguimos enriqueciendo nuestro iself con incorporaciones nutritivas y para eso es imprescindible que alguien se deje comer y que con este acto móvil e intercambiable los personajes del drama humano creen ideales que armonicen y canalicen todos los sudores y todos los esfuerzos.

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