1. Psicoanálisis y Crisis
Psicoanálisis y crisis, son dos nociones citadas tan frecuentemente juntas que parecen constituir un binomio constante. Así, cuando se habla de crisis en el plano personal, la idea de “Psicoanálisis” entonces, es llamada para ofrecer una explicación comprensible; cuando se habla de crisis en el plano de la cultura, ocurre lo mismo. El psicoanálisis es llamado para interpretarla y, como si eso no bastase, el propio psicoanálisis es colocado en el diván cuando se notan señales de crisis en su campo teórico e institucional. En este último caso, la famosa frase: “Freud explica!”, tan invocada para revelar las aparentes contra¬dicciones de las personas y de los grupos, sufre hoy una irónica transforma¬ción y, de afirmativa, pasa a ser interrogativa: “Freud explica?”.
Vale la pena hacer un paréntesis para señalar que, en esta exposición, por “Crisis” me quiero referir al hecho o percepción de una insuficiencia o contradicción dentro de un sistema, sea en el plano personal o de un grupo. Crisis implica la ruptura de cuadros relacionales, que pasan a demandar nuevas configuraciones para dar cuenta de un sentido.
La asociación de psicoanálisis respecto a la idea de crisis es evidente, cuando el psicoanalista es definido por su función de “lidiar con una persona en crisis”. Pero en el plano de la cultura, en la historia del conocimiento, esa asociación también es válida. Comentando las tentativas anteriores a Freud de conocernos a nosotros mismos a través del arte Sandler P.C. (1997) señaló lo siguiente: “Los hechos históricos demuestran una realidad: si el arte, así como la filosofía y la religión pudiesen haber provisto un abrigo razonablemente seguro para la mente humana, en términos de autoconocimiento, el psicoaná¬lisis no habría surgido por pura falta de necesidad. Eso no implica la superio¬ridad del psicoanálisis. Implica el señalamiento (…) de las diferencias (…)”-
Bion (1973), también aborda esa cuestión de la crisis en el pensamiento contemporáneo en esta anotación sintética: “Es posible considerar el psicoa¬nálisis como una respuesta a lo inadecuado, de esta peréepción surgió la búsqueda de la causa de lo inadecuado”.
En la época de la constitución del psicoanálisis como método y teoría (el paso del siglo XIX al XX), el pensamiento occidental vivía una situación de crisis motivada por la sacudida en la creencia de que la conciencia pudiera dar cuenta de contener la comprensión del fenómeno humano, la realidad de lo cotidiano en sus supuestos “absurdos” y desvíos. Según Chaui (1976), la “crisis de la conciencia” fue denunciada por el cuestionamiento de si ella sería la base de la certeza e igualmente si ella tendría esa transparencia y poder de autodeterminación de aquello que se llama “realidad”. Para ella, el certificado de defunción de esa noción fue transmitido por Freud, Nietzsche, Marx, etc.
Pero, decir que Freud pasó ese certificado al ‘crear” o “inventar” el Psicoanálisis, tal vez no sea exactamente apropiado. Podría también decirse, que, en el seno de la crisis mencionada, Freud “descubrió” el psicoanálisis como una respuesta posible a ella. Esa idea se torna plausible si recurrimos a Bion (1967), en su sorprendente afirmación de que los pensamientos (como pre-concepciones) permanecen a la espera de ser rescatados y contenidos por un. pensador, Freud fue la mente hábil que se apropió de los mismos para organizarlos en una nueva disciplina de conocimiento. La historia de esta “‘concepción” fue así rastreada por Herrmann, (1980):
“digamos que algo activo en la matriz productora del pensamiento occidental, entró a lanzar llamados de auxilió’ para una forma de com-prensión que diese cuenta de lo absurdo emergente en el seno de la crisis de lo real cotidiano (…) la mentalidad científica urgía por una disciplina que domesticase el resto de absurdo dejado al descubierto por la rutina de la ciencia”.
Se puede cuestionar que Freud (y por extensión Bion) pretendiesen “domesticar” el absurdo, pues nunca propusieron el psicoanálisis corno tenta-tiva de apaciguamiento, de un buen comportamiento o palabra definitiva. Vale, sin embargo, la observación de Herrmann de que el psicoanálisis sería el cuerpo disciplinar en el cual se encarnó una idea que estaba largamente vagando por el pensamiento occidental, a la búsqueda de quién la reintrodu-jese en -la convivencia científica.
La idea psicoanalítica, una vez anunciada, ha permanecido, con su investigación de las paradojas mentales y con su poder de penetración en el centro de nosotros mismos, como un elemento generador de polémicas, provocando, tanto fascinación, como rechazo. Más allá de las polémicas, sin

embargo, el psicoanálisis dejó marcas en el pensamiento occidental que ningún estudioso puede ignorar. En el plano epistémico, la formulación del insconsciente como la matriz “invisible” de que la razón y la conciencia son siervas, provocó aquella revolución que el propio Freud alineó al lado de las revoluciones que Copérnico y Darwin crearan en sus campos respectivos. Otra postura freudiana de impacto, no solamente el rescate de la importancia fundamental, estructurante, de la sexualidad en la mente humana, sino el hecho de abordarla como un discurso científico. En cuanto al método psicoa-nalítico, éste no deja de ser menos sorprendente. Introduce en el psicoanáli¬sis la “subjetividad” del investigador como factor de observación de lo que ocurre en el campo.
Todo esto que estoy señalando se puede constituir en aquello que Bion (1965) denominó Cambio Catastrófico, o sea, una situación de amenaza proveniente de un cambio en el patrón determinado de ideas y valores, que contiene elementos de subversión del sistema en invariabilidad y violencia. Tal vez eso explique por qué el psicoanálisis siempre nos provoca y nos despierta tantas emociones, quiera que lo aceptemos o rechacemos.
2. El psicoanálisis en un mundo en transformación
Escuchamos, frecuentemente, que el mundo cambió desde Freud y que los conflictbs individuales no encajan más en el estilo de las neurosis del inicio del sigla Las patologías no son más las mismas, los conflictos con la sexualidad cambiaron, la represión no es más un determinante de los sínto¬mas, la farmacología de los neuro-transmisores está allí para explicarlo todo, desde la angustia, hasta los delirios más complejos, etc.
Delante de tantos cambios, el Psicoanálisis con su método lento, micros-cópico y totalmente artesanal puede parecer un mastodonte atravesando una arena movediza, mientras que satélites artificiales escudriñan cielos y tierra con censores de gran precisión. El mundo tiene prisa de soluciones y nosotros, psicoanalistas, no la tenemos. En una cultura dominada por la búsqueda frenética de analgesia para los males físicos y. psíquicos, nuestra preocupación marcada por la recomendación del templo de Delfos: “conóce¬te a ti mismo”, suena poco atrayente, cuando no ingenua. La impresión que se tiene, es que, para que el Psicoanálisis pudiera obtener reconocimiento debería rechazar las singularidades de su método, renunciar a su campo epistemológico propio para volverse quien lleva la cola de la medicina, de la cual se apartó en sus orígenes.
Como siempre lo fuimos, somos hoy cuestionados con vehemencia y no podemos ignorar el hecho. .A los que nos cobran “resultados” podríamos responderles también con cobranzas, preguntando por lo que otras discipli¬nas del conocimiento han ofrecido a la humanidad que sea mejor; o podemos preguntar si volvieron a las personas más felices. Pero no creo que el camino sea éste.

3. Una mirada interior
El peligro de que nosotros, psicoanalistas, nos orientemos según esos
llamados de eficacia reformista, es el de quitar el carácter al propio Psicoaná¬lisis. La seducción de los consultorios llenos de pacientes nos costaría un alto precio. Sería también un simplismo creer que nuestras crisis sean simples reflejos de un mundo en crisis, de un nuevo tipo de demanda, como mencioné líneas arriba.
Sin pretender abarcar todas las variables en juego en esta cuestión sugeriría que volviésemos nuestras miradas hacia nosotros mismos. La pre¬gunta pertinente sería: clué factores propios al psicoanálisis generan crisis en su interior?.
Lo que, para mí, sería más convincente como respuesta sería la afirmación de Bleger (1971) de que “toda organización tiende a tener la misma estructura que el problema que tiene que enfrentar y para el cual fue creado”. Para nuestro asunto en discusión, esto sería equivalente a decir que toda disciplina del conocimiento reproduce dentro de sí los mismos problemas, que se propone estudiar. No hay disciplina que escape a esa determinación. Así, el Psicoanálisis, al tomar como su objeto la dimensión psíquica de la realidad, acaba reproduciendo en sus instituciones, en su cuerpo teórico y en la relación entre sus miembros, los mismos patrones presentes en el funciona¬miento mental: répresión, conflictos, escisiones, manifestaciones de omnipo¬tencia, omnisciencia, etc. Concomitantemente al revelar tendencias para el desarrollo, presentan tendencias a la autodestrucción.
El modelo de esos procesos lo encontramos en la constitución de la propia mente, como apunta Sandler, P.C. (ídem): “La mente desarrolla el entretenimiento de estados de mente caracterizado por anestesia de la propia mente”. Nuestro método es también nuestra trampa, pues como apunta el mismo autor: “Cuanto más poderoso el método de penetración en la realidad psíquica, más poderosamente éste parece actuar para oscurecer y anestesiar”.
Desde ese punto de vista, el Psicoanálisis está sujeto a contradicciones, a merced del equivalente de un proceso primario (Freud), viviendo descargas no siempre transformadas por un continente adecuado a la realidad. Tal vez, por ejemplo, no haya un ambiente propicio al rechazo de lo nuevo, a la repetición, a la eclosión de configuraciones edipianas en nuestras institucio¬nes. ¡La patología que estudiamos es, al mismo tiempo, nuestro destino!. El “conócete a ti mismo” no es garantía de que quedemos encima de nuestros conflictos, no nos transforma en sabios, mucho menos en dioses. Apenas nos revela sin disfraces nuestra humanidad. El fin de nuestro análisis es saber que podemos sólo ser lo que somos. El golpe del narcisismo, que Freud dice haber llevado a la cultura, vibra también sobre nuestras cabezas y no salimos incólumes de éste.

4. Perspectivas
El término de arriba hace parte del título de este Congreso. Creo que él fue incluido para atender la angustia de búsqueda de salidas para nuestros problemas. La idea de perspectiva me recuerda la idea de movimiento y de prospección para el futuro. Infelizmente, tengo poco o nada para contribuir a ese campo. Mis ejercicios mentales no me llevan más allá del espacio de mis experiencias que vivo en lo cotidiano. Tengo, sin embargo, preocupaciones actuales en mantener vivas dentro de mí las referencias básicas de aquello que juzgo entender por Psicoanálisis. Ser fiel al concepto que la gente tiene del Psicoanálisis es una de las cosas más difíciles_que hay No basta actuar como psicoanalistas, no basta ser reconocidos como psicoanalistas, no basta contri-buir para aliviar con el dolor mental de las personas. Necesitamos saber cómo lo hacemos, saber traducir nuestra acción para un lenguaje psicoanalítico. En caso contrario, no pasaremos de psicoanalistas salvajes, plenos de intuición y carentes de conceptos.
Lo que puedo compartir con ustedes son algunas preocupaciones que hablan respecto al mantenimiento de un Psicoanálisis que, estando en movi-miento y abierto a la creatividad, tendrá más condiciones para enfrentar (y en este caso “enfrentar” nada tiene que ver con “resolver” los desafíos que le son puestos. Al no tener el poder de soluciones mágicas, me contento con la reflexión siempre renovada de las experiencias y conflictos que vivo con mis pacientes y mis colegas. Me valgo en esta tarea, de algunas ideas de Bion que juzgo valiosas por ayudarme a pensar.
4.1 Algunas cuestiones relacionadas a nuestras teorías
Algunos dicen que tenemos demasiadas teorías. Otros dicen que pocas de nuestras ideas alcanzan el estatus de teoría. Bajo mi punto de vista esto no representa nuestra problemática más importante. Prefiero evaluar la cuestión desde otro vértice, considerando no las teorías en sí mismas, sino el uso que se puede hacer de ellas. Identifico dos posturas epistemológicas básicas en el uso que hacemos de las teorías.
a) Uso como continente cerrado
En esta forma la teoría es tomada como una verdad suficiente para dar cuenta de los contenidos mentales. Eso acontece con las llamadas buenas teorías. El gran riesgo de una “buena” teoría (y su paradoja más peligrosa) es cuando ella, en vez de prestarse para pensar las experiencias, es usada para sustituirlas. Se vuelve algo concreto y es entronizada como la expresión de la verdad. De esa forma, deja de proporcionar desarrollo para el analista y su grupo. Teorías tomadas así pueden servir de pretexto para la aglutinación de ideas mesiánicas dentro del psicoanálisis. El método por el cual puede ocurrir

eso según Figueira (1992), es por el uso del contenido y excesivamente valorizado de las mismas. Ellas se tornan “presas de las situaciones concretas a partir de las cuales fueron construidas, disminuyendo mucho su potencial de extensión a otros dominios y dificultando así el descubrimiento de otras realizaciones que todavía no fueron pensadas”. Uno de los efectos de esa forma cerrada de aprehensión, es que-muchas veces, cuando hablamos del “Complejo de Edipo” olvidamos que se trata de una Teoría al respecto de una configuración metal intrasíquica dada. En vez de eso, tendemos a “ver” el Edipo de un determinado paciente. Entonces valorizamos el escenario sexual en el que la teoría fue construida, en detrimento del valor estructurante de los procesos mentales a los que ella apunta.
b) Uso como continente abierto
En este vértice las teorías no “explican”, pero son encaradas como propuestas de investigación que no pretenden agotar la aprehensión del objeto psicoanalítico.
El valor de una teoría estaría en representar una experiencia sin saturarla con un significado único o prematuro.
Las teorías más válidas y creativas son justamente las que permiten una
lectura estructural, por vía de un proceso que Figueira (1992) llama de descontextualizaCión o desustancialización. Volviendo al Edipo, el autor anota que esa teoría ha sido citada tan puntualmente que oscurece su valor de estructura estructurante. En este punto de vista las nociones padre y madre no pueden ser encaradas por su vertiente biológica, no valen por lo que son individualmente, sino por la relación que asumen en el sistema.
Señala además, que ese enfoque, que conduce a una estructuralización
de la teoría analítica es una tendencia de la cual Bion y Lacan son los exponentes y que permite que la teoría sea usada en los más diversos dominios de la experiencia y la teorización. En Bion, ejemplos de éstos son la teoría de la Función Alfa, la abstracción fuera de contexto del par Continente-Contenido, etc. Aún la teoría del Complejo de Edipo, sufre en Bion una re-lectura. Se sirve del Edipo como una referencia estructural de los conflictos del ser humano con el conocimiento y con la verdad. Es un espacio a ser llenado con las más variadas “realizaciones” de la experiencia emocional. Éste no se ofrece con un contenido marcado.
El problema que está por detrás de la cuestión de los usos de las teorías es el propio alcance epistemológico del Psicoanálisis, alcance este que tiende a ser super-estimado. Dejemos la palabra al propio Bion (1970): “Ésta es L111.2. característica del dominio mental: no puede estar contenido dentro de la estructura psicoanalítica. ¿Eso es señal de teoría defectuosa, o denota que los psicoanalistas no entienden que el psicoanálisis no puede estar contenido permanentemente dentro de las definiciones que ellos usan? Sería una obser-

vación válida decir que el psicoanálisis no puede “contener” el dominio mental porque él no es un “continente”, sino una “investigación”. (es mío).
4.2 El Psicoanálisis y las instituciones psicoanalíticas
Mucho se ha hablado (y cort coraje) sobre la relación turbulenta entre el Psicoanálisis y las instituciones destinadas a cobijarlo, preservarlo y difundir¬lo. No voy a repetir las críticas y las preocupaciones que todos los colegas no sólo conocen, sino que discuten.
Cuando leo el enorme acerbo de esas críticas, me queda la idea de que vivimos un impase del tipo aquel expresado en el dicho: “mal con ellas peor sin ellas” (las instituciones). No se trata de conformismo mío, sino del reconocimiento de algo que señalé anteriormente: no sólo nuestro método, sino también nuestras instituciones reproducen los procesos que investigamos en el campo mental. Las instituciones psicoanalíticas también pueden ser coloca¬das al servicio del rechazo de lo nuevo, de la no verdad, del no desarrollo.
Dentro de los innumerables aspectos que la cuestión envuelve, me gustaría detenerme apenas en uno de ellos, que se refiere a la relación entre grupos psicoanalíticos (y viceversa) y sus líderes. Bion (1970), describe tres formas en la que se da -esa asociación: la comensal, la simbiótica y la parasitaria. En la primera forma (comensal) la relación existe, pero la existen¬cia de uno es indiferente para el otro, porque no hay cambios significativos. En la forma simbiótica existe una confrontación y un crecimiento, aunque no sin dificultades. Las emociones pueden ser tanto de hostilidad o de benevo¬lencia. Pero ambos crecen. En la relación parasitaria el producto de esa interacción es una cosa que destruye ambas relaciones en asociación. En este caso, aún la amistad y la aceptación pueden ser mortales. Un ejemplo de esto es cuando las ideas de un individuo son absorbidas por el “Establishment” y de tal forma divulgadas, que pierden su vigor original por la vulgarización. Dejan de ser pensadas para ser simplemente-usadas. La institucionalización de una teoría es la forma más eficiente (y perVersa) de sofocarlas. Ni Freud escapó a eso. Depende de cada grupo psicoanalítico el tener las condiciones para “contener” la formulación de sus “pensadores” más originales, sin retirar¬les la fuerza creativa y destructiva.
De la misma manera, el comportamiento de un pensador psicoanalítico contribuye mucho par-a la Manera como sus ideas circularán en el grupo. Si el vértice (en el sentido que Bion emplea en el término) de la verdad de sus ideas disputa mucho el espacio con su necesidad de aprobación, prestigio y poder, el desarrollo del grupo es el que quedará obstaculizado por volverse parasitado por esas necesidades emocionales de su ilustre .pensador.
Por otro lado, quiero llamar la atención en la necesidad de que nos coloque¬mos, como grupo, suficientemente receptivo para escuchar lo nuevo sin sentir¬nos amenazados por él, de manera que nuestras simpatías o antipatías, por quien piensa esó nuevo, no perjudiquen demasiado nuestra capacidad de juicio.

4_3 La naturaleza de nuestro trabajo
Dentro de los cuestionamientos que (siempre) vivimos están aquéllos que nos piden la exactitud y la comprobación científica de nuestro método. Observo la tendencia, de nosotros psicoanalistas, a responder con una tenta-
tiva de resaltar la cientificidad de nuestras teorías, correlacionándolas con los modelos convencionales de las reglas académicas de investigación. Aún la IPA ha incentivadb la instalación de grupos de estudio que se ocupan de definir los aspectos de la. llamada investigación psicoanalítica.
Personalmente nada tengo contra eso. Apenas invierto mi energía en ese proyecto. En primer lugar no encuentro que los cánones académicos den cuenta de “contener” el valor científico de una disciplina. Hacer ciencia institucionalizada no quiere decir, necesariamente, hacer ciencia.
No cabe en el ámbito de esta exposición discutir o no la cientificidad del Psicoanálisis. Deseo solamente señalar algunos aspectos emocionales que juzgo presentes en la preocupación que registré líneas arriba.
Creo que nuestras preocupaciones en relación al rigor científico de nuestra disciplina provienen, en parte, de la angustia que nuestro propio trabajo nos causa. Lidiar con la mente no es fácil, ella se nos escapa, nos engaña, nos sorprende, no sigue la lógica del sentido común; huyen de las tentativas de captación sensorial (el miedo no puede ser objeto cle medida, la intuición no tiene color, la envidia no tiene aprensión táctil, etc). Nuestra defensa es hacer la transformación de nuestras experiencias emocionales en elementos sensoriales, concretos, que apacigüen nuestro vértigo a lo infinito de la mente. Hay momentos, por ejemplo, que hablamos de la “transferencia” de un determinado paciente como si describiésemos un movimiento mecáni¬co de un objeto concreto, en vez de admitir que transferencia es apenas una teoría para dar cuenta de un fenómeno que ocurre en una relación emocional, abordable, apenas simbólicamente. De la misma manera decimos que “senti¬mos” el Instinto de Muerte en un paciente, como si él fuese una pieza dentro de un organismo, o una hormona de una glándula y no un concepto de alto nivel de abstracción. Pura ficción que nos apacigua, pero a un alto precio: la petrificación de las nociones de psicoanálisis es su osificación (ossificacao).
El hecho es que la situación analítica estimula sentimientos tan primitivos en el analista que él tiende a controlarlos a cualquier costo. La preocupación excesiva con la “Ciencia Psicoanalítica” es la racionalización de la preocupa¬ción con este primitivo que nos envuelve y nos confunde. De esa inseguridad emergen, reactivamente, nuestros deseos de “domar” el inconsciente, de crear validación y aprobación académica y/o popular para nuestro trabajo.
Sobre la realidad psíquica, que es nuestro campo de trabajo, Freud (1918) decía “Aquéllo que es psíquico es tan único y singular que ninguna compara-ción puede reflejar su naturaleza”. Es ese campo desconcertante, inefable, intraducible totalmente en palabras, que es la morada de nuestra identidad profesional. Huir de ella es huir de nosotros mismos.

Debernos ser rigurosos en nuestras observaciones, con la claridad de nuestras teorías y con nuestras comunicaciones, pero sin que eso nos cueste desnaturalizar la singularidad de nuestro método o escamotear nuestro asom¬bro delante de las experiencias que vivirnos.
Esta cuestión del riesgo de la desnaturalización me recuerda un dicho que tenemos entre nosotros que dice lo siguiente: ‘`tanto quiso el diablo limpiar los ojos del hijo, que acabó agujereándolos”. Así también, debernos cuidar con rigor nuestro Psicoanálisis, pero sin comprometer sus más genuinas formas de contacto con la singularidad psíquica.
5_ Finalizando
Lo que focalicé en las líneas anteriores me servirá de epígrafe para la ultima cuestión que quiero plantear:
Al final, ¿qué somos nosotros los psicoanalistas?. O ¿qué es lo que nos mueve en nuestro trabajo?, o ¿qué es lo que nos caracteriza básicamente?.
Como respuesta, voy a dejar con ustedes una especie de alegoría que Bion (1973), utilizó para hablar de la cuestión planteada, a partir de un hecho histórico ocurrido hace 3,500 años A.C. Tuve el privilegio de escucharlo personalmente haciendo esa reflexión, cuando yo recién iniciaba mi forma¬ción analítica. Fue cuando él estuvo en Sao Paulo por primera vez. Aquella noche, él ríos contó la siguiente historia respecto al Comentario de Un
“Cuando el rey murió, todos los miembros de la corte se dirigieron a hacer una excavación, en la entonces llamada la “Cueva de la Muerte” y ahí, con sus más finos trajes y todas sus joyas, tomaron una droga en pequeños cálices, posteriormente encontrados al lado de cada cuerpo.
Cuatrocientos años después, sin ninguna publicidad, las tumbas fueron saqueadas. Fue algo hecho con coraje, porque el cementerio había sido santifica¬do por la muerte y sepultamiento de la familia real. Los saqueadores fueron los corifeos del método científico; los primeros en osar abrir camino a través de los centinelas fantasmas de la muerte y de sus asistentes sacerdotales (…)
No tenemos medios para adivinar lo que, posteriormente, los saqueado¬res de la tumba sintieron. Yo hasta puedo creer que deben haber sido hombres de mucho coraje para atreverse a robar los tesoros ocultos en un lugar guardado por espíritus malos y peligrosos. Del mismo modo, en psicoa¬nálisis; cuando nos aproximamos al inconsciente —esto es- aquello que no conocernos estamos seguros de ser perturbados. Todo aquél que mañana va a encontrar un paciente debería de algún modo experimentar miedo. En cada consultorio debería, haber dos personas asustadas, el paciente y el psicoana¬lista. Si no lo están, entonces sería el caso de preguntarse por qué se están incomodando en descubrir lo que cada uno sabe”.

Quiero adelantar dos cuestiones a partir de este fragmento de historia.
1. ¿Qué es lo que importa más para el trabajo del psicoanalista?
- El coraje de ir rumbo a lo desconocido o
- La posesión de recursos seguros, como los aparatos de los modernos arqueólogos con la consecueñte garantía de prestigio científico.
2. ¿Con quién podría ser comparada aquella comitiva real que camina
anestesiada para la Cueva de la Muerte y de ella no retorna?
Con estas dos cuestiones que les dejo a ustedes, finalizo mi reflexión.

No related posts.

Deja tu respuesta

You must be Registrado para postear un comentario.

Buscar

Artículos por Mes/Año

Galería

revista10revista9revista8revista7revista6revista5revista4revista2revista1